Tras el rastro del agua en un paisaje mediterráneo
Foto: María González Delgado / EFI
Foto: María González Delgado / EFI
El 26 de marzo de 2026, un pequeño grupo de investigadores, técnicos y comunicadores recorrió con calma la Sierra de Chiva, deteniéndose en puntos que, a simple vista, no llamaban la atención: una ladera arbolada, un barranco seco, un matorral espeso. Y, sin embargo, cada uno de esos lugares formaba parte de un sistema que, apenas unos meses antes, había arrastrado riadas devastadoras desde la montaña hasta la llanura valenciana.
La salida de campo por la cuenca, organizada conjuntamente por el Centre per a la Investigació i l’Experimentació Forestal (CIEF) y el European Forest Institute (EFI) en el marco del Mediterranean Network Forum, se planteó más como un ejercicio de lectura del territorio que como una jornada técnica. Al ir siguiendo el curso del agua desde la cabecera de la Rambla del Poyo hasta la Albufera, la visita dejó ver cómo el paisaje moldea el riesgo (y también la resiliencia), y cómo esa estructura está cambiando.
Lo que aflora en este recorrido no es un episodio puntual, sino un encadenamiento de relaciones: entre vegetación y suelo, entre usos del territorio e hidrología, entre lo que se decide aguas arriba y lo que se sufre aguas abajo.
La Sierra de Chiva forma parte de un sistema hidrológico relativamente discreto. A diferencia del Turia o el Júcar, no lo define un río permanente, sino una red de cauces efímeros que se activan en los episodios de lluvia intensa. Estos cauces, secos durante buena parte del año, conectan el terreno montañoso con las zonas densamente pobladas de la Horta Sud y, en última instancia, con la Albufera.

Una cuenca de este tipo depende mucho del estado del paisaje por el que pasa el agua. La cubierta vegetal, la estructura del suelo y la forma de gestionar el territorio condicionan cómo se absorbe, se retiene o se libera la lluvia. Cuando todos estos elementos funcionan en equilibrio, reparten el agua en el tiempo y en el espacio, rebajan los caudales punta y limitan los daños aguas abajo.
Como explicó durante la visita Xavier García Martí, ingeniero forestal de la Plataforma para el Estudio y Conservación de la Sierra de Chiva, “esta zona de cuenca y sus servicios de regulación son fundamentales para mitigar las grandes inundaciones”. El punto clave, aquí, no es el carácter excepcional de los episodios extremos, sino la capacidad cotidiana del sistema para amortiguarlos.
Esa capacidad, sin embargo, no está garantizada.
En octubre de 2024 cayeron unos 600 milímetros de lluvia torrencial en menos de medio día sobre algunas zonas de la cuenca. La intensidad del episodio fue excepcional, pero sus consecuencias venían marcadas por unas condiciones que se habían ido gestando a lo largo de décadas.
El agua bajó a toda velocidad desde las laderas altas, arrastrando sedimentos, vegetación y todo tipo de restos por la red de barrancos. Cuando llegó a la parte baja de la cuenca, la fuerza acumulada de esos flujos desbordó zonas urbanas que se habían extendido sobre áreas históricamente inundables. El resultado fue catastrófico: más de 200 víctimas mortales, daños generalizados y un paisaje visiblemente transformado por el paso del agua.
Meses después, en la cuenca alta siguen viéndose las huellas físicas de la DANA: cauces ensanchados, suelo al descubierto, vegetación arrasada. Y, aun así, el episodio no se entiende solo por estos impactos inmediatos. Como apuntó uno de los participantes durante la visita, la riada “no empezó con la tormenta; empezó con la forma en que el paisaje se ha ido transformando con el tiempo”.
La distinción es clave. La DANA no fue solo un fenómeno climático: fue también la expresión de un sistema bajo tensión.
De paisaje gestionado a territorio fragmentado
La Sierra de Chiva todavía conserva rastros de una relación más integrada entre los usos del suelo y la función ecológica. En las laderas se aprecian bancales construidos para frenar la erosión, vestigios de unos sistemas agrícolas que combinaban producción y gestión del agua. Cultivos como el almendro, el olivo, la vid o el algarrobo formaban antiguamente un paisaje en mosaico, sostenido por prácticas ganaderas que ayudaban a regular la densidad de la vegetación.
A lo largo del último medio siglo, ese sistema se ha ido desmantelando. El abandono rural, los cambios en la actividad económica y el declive de las prácticas tradicionales han alterado tanto la estructura como la función del paisaje. En muchas zonas, la regeneración densa del pinar tras sucesivos incendios, entre ellos uno especialmente importante en 2003, ha derivado en una vegetación más homogénea, lo que aumenta a la vez el riesgo de incendio y la velocidad con la que el agua corre por la superficie.

A la vez, las partes bajas de la cuenca han vivido una expansión urbana e industrial sostenida. Se han desviado o estrechado cauces y se ha construido en zonas históricamente moldeadas por las crecidas periódicas. En la práctica, todo ello ha reducido el espacio disponible para que el agua se reparta y disipe la energía.
El efecto acumulado es un sistema con la regulación natural debilitada y la exposición al riesgo en aumento.
Una de las ideas centrales de la salida de campo es la necesidad de replantear cómo se valoran los paisajes dentro de los marcos de gestión del riesgo. De los bosques y matorrales se suele hablar en clave de biodiversidad o de conservación, pero su papel hidrológico es igual de importante.
“Los servicios de regulación que prestan estos bosques y matorrales mediterráneos tienen una importancia enorme para las zonas densamente pobladas de la llanura valenciana”, explica García Martí. Esos servicios incluyen la reducción de la escorrentía, la fijación del suelo y la recarga de los acuíferos: procesos esenciales no solo para la salud del ecosistema, sino también para la agricultura y la resiliencia urbana.
Vistos desde este ángulo, los montes públicos como los de la Sierra de Chiva pueden entenderse como una pieza más de la infraestructura del territorio. A diferencia de las soluciones de ingeniería, su eficacia depende de una gestión a largo plazo y de la integridad ecológica del sistema. Pero su contribución a reducir el riesgo no es por ello menos real.
Como señaló uno de los representantes del CIEF durante la visita, “si descuidamos estos sistemas, lo que estamos haciendo en realidad es mermar nuestra capacidad de gestionar el agua antes de que llegue a la ciudad”.
El tramo final del recorrido, en el Tancat de la Pipa, ofrece un contrapunto a los procesos observados en la cabecera. Situado al borde de la Albufera, este enclave muestra cómo la restauración ecológica puede devolver al sistema funciones que se han ido perdiendo en otros puntos.
El Tancat de la Pipa, un antiguo arrozal intensivo, se ha transformado en un humedal formado por lagunas y marjales. Gestionado mediante un modelo de custodia del territorio por Acció Ecologista-Agró y SEO/BirdLife, cumple varias funciones a la vez.
El agua que entra en la zona se ralentiza, lo que permite que los sedimentos se depositen y que los contaminantes se filtren por procesos naturales. El humedal hace además de amortiguador en momentos de crecida y alivia la presión sobre los tramos de aguas abajo. En paralelo, alberga una gran variedad de especies y contribuye a la biodiversidad del conjunto de la Albufera.

Lo que distingue a este lugar no es solo su función ecológica, sino el modelo de gobernanza que lo sostiene. La colaboración entre las organizaciones de la sociedad civil y las administraciones públicas hace posible una gestión a largo plazo que alinea los objetivos de conservación con las necesidades de gestión del agua.
Como explicaba uno de los responsables de AGRÓ, “no se trata de recrear la naturaleza tal y como era, sino de restaurar las funciones que el sistema necesita hoy”.
En conjunto, la Sierra de Chiva y el Tancat de la Pipa muestran hasta qué punto el riesgo de inundación se reparte en el espacio y en el tiempo. La misma agua que se acelera en la cabecera acaba absorbiéndose y filtrándose en los tramos bajos, siempre y cuando se den las condiciones ecológicas necesarias.
De la montaña al humedal, esta cuenca dibuja dos trayectorias distintas pero entrelazadas: una en la que la degradación amplifica el riesgo y otra en la que la restauración refuerza la resiliencia.
El reto está en lograr que ambas converjan. Para lograrlo, se requiere superar los enfoques fragmentados que tratan por separado las partes alta y baja de la cuenca, o que priorizan las soluciones a corto plazo frente al funcionamiento del sistema a largo plazo. Implica también incorporar el conocimiento ecológico a unos procesos de planificación que históricamente han mirado hacia otro lado.
La salida de campo destapó un problema de fondo en la manera de plantear los riesgos ambientales. Los episodios extremos suelen analizarse de forma aislada, con la atención puesta en sus causas y consecuencias inmediatas. Y, sin embargo, las condiciones que les dan forma, los usos del suelo, los patrones de vegetación, las decisiones de gobernanza, evolucionan en escalas de tiempo mucho más largas.
Verlo así exige un cambio de mirada.
Las inundaciones no son solo fruto de las lluvias extremas. Son también el resultado de los cambios acumulados en cómo se gestionan y se habitan los paisajes. Hacerles frente, por tanto, no consiste únicamente en responder a los episodios, sino en repensar los sistemas en los que esos episodios se producen.
En la cuenca de la Sierra de Chiva, ese sistema todavía se ve y, hasta cierto punto, sigue funcionando. Su futuro dependerá de que se reconozca esa funcionalidad, se mantenga y se restaure allí donde haga falta.
Las implicaciones van mucho más allá de esta cuenca concreta. En todo el Mediterráneo se están dando dinámicas parecidas, que enlazan procesos ecológicos con consecuencias sociales y económicas de formas que muchas veces se entienden a medias.
Hacer visibles esas conexiones es un primer paso. Actuar sobre ellas, el siguiente.
This article is also available in English.